ENSAYOS DE CUARENTENA: LA DESCONEXIÓN

¿Estamos tan desconectados de la Naturaleza quienes vivimos en las ciudades? Bajo el vértigo citadino y abrumados por el cemento y la artificialidad, se recurre al "huir al campo", pero... ¿es tan simple como cambiar de geografía o hace falta más?

Revaloricemos las cosas que están sucediendo, aunque sean a pequeña escala. ¿Es real que la mayoría de los seres humanes viven tan desconectados de su entorno?

Parece que no es algo habitual que podamos leer las “señales de la naturaleza” que nos rodea como una forma de guiarnos en el mundo y hasta interpretarlo. Identificar el halo de la Luna con la humedad, las estrellas y astros que forman paisajes nocturnos descifrados por miles de culturas distintas, leer entrelíneas a las nubes cargadas de lluvia, asociar cómo se descascaran las ramas y sus hojas para apreciar el otoño, el canto de las aves que anuncia la primavera y la vuelta de las aves migradoras, las flores violetas del jacarandá en pleno noviembre y la llegada del viento sur anunciando un nuevo ciclo otoñal y la despedida de las golondrinas hasta la próxima temporada. 

Los pueblos originarios vivieron y viven en contacto con todas esas señales, un mapa del mundo hecho de sonidos, seres y paisajes. Pero los urbanitas también podemos leer signos en nuestro hábitat citadino. No es cuestión de idealizar y descartar sino de encontrar también esos intersticios donde la naturaleza y la cultura se reencuentran, a pesar de la división impuesta hace siglos y que -imaginaria y arbitrariamente- insistimos en sostener. Si únicamente pensamos en una sola y gran Naturaleza, y cuando la queremos “diagnosticar” encima la limitamos a grandes problemas, como el calentamiento global, la contaminación, el abuso de combustibles fósiles, la desconexión moderna con “el verde”… ¡estamos invisibilizando tantas cosas que suceden!

 

Dibujos a pincel – https://www.instagram.com/fer_poetiza/


Huertas urbanas, proyectos de restauración de ambientes, reservas naturales urbanas, grupos organizados contra desarrollos inmobiliarios elitistas, movimientos ecofeministas, asociaciones rescatistas de animales, formas alternativas y valiosas de vincularse con la naturaleza urbana. Movilizan sentidos y nuevos aprendizajes, y se multiplican, demandando -a veces cada uno por su cuenta, otras generando articulaciones incluso sin saberlo- diversos aspectos del derecho al ambiente sano. En nuestros barrios populares miles de referentes, familias, colectivos y movimientos sociales luchan diariamente por lograr un derecho a la ciudad cada vez más negado. Derecho a la ciudad y al ambiente sano, en realidad, confluyen: los entornos construidos son nuestras naturalezas, y tenemos que pelear por ellas, para construirlas sanas y capaces de sostener nuestros modos de vida, nuestras familias y pibes en sus escuelas, en sus recreos, en sus deportes y sus salidas a las plazas.

Quizá antes que apostar a las huidas y las reclusiones, podemos dar dos pasos para atrás, respirar y mirar qué tenemos por delante, y no retroceder luego. Construir refugios no debería ser un acto de agotamiento, temor e indiferencia, un “darlo todo por perdido” para sobrevivir y regenerar vínculos en nuevas burbujas. Más que buscar refugios afuera, podemos recuperar nuestros ambientes, nuestros barrios, manteniendo nuestra identidad y memoria ecológica y social. 

 


Quien quiera y pueda “huir al bosque” porque busca una “mejor conexión con la Naturaleza”, que lo haga. Pero allí no hay
mejor conexión; en todo caso, hay otra. En las ciudades estamos llenos de ambientes, de naturalezas que esperan ser descubiertas y cuidadas colectivamente. Pero eso implica luchar contra ideas con fuerte tenor de valorización mercantil del diseño urbano, luchar para que no falte agua potable y cloacas en los barrios, contra el hacinamiento. Solo conectando nuestras realidades y reconstruyendo nuestros hábitats tendremos nuevas chances para enfrentar “lo global”, lo que más pega y resuena.

No es tanto que los humanos están “desconectados de la Naturaleza”. Algo nos ha fragmentado, descuartizado, desligado: el patriarcado. Un modelo de dominación basado sobre un conjunto de prácticas, símbolos, representaciones, normas y valores sociales, de un género sobre otro, sobre una matriz binaria y jerárquica que privilegia lo masculino por sobre lo femenino y todo lo que no se corresponda con el modelo varón occidental, blanco y heterosexual. 

 


La desconexión es un eufemismo de opresión. Ya lo decía Bookchin en su tiempo: la dominación del humano por el humano es lo que habilita la dominación del humano sobre la Naturaleza. Pero, ¿es justo hablar del “humano” como algo total y abstracto? El punto es que no todo es igual, y así como la Naturaleza produce diversidad y cambio constante, la humanidad -como parte de ella- también está sometida a transformaciones. 

Por suerte -y gracias a una fuerte lucha que continúa y se presenta aún más dura- los feminismos, la ecología social, los movimientos de justicia ambiental y tantos otros, vinieron a poner las cuerpas a la lucha, pensando en cómo construir un mundo diferente, para toda la multiplicidad de formas de vida, con otra mirada. Seamos optimistas: estamos al borde del colapso, con todo para perder y todo para ganar.

Un espacio colectivo de difusión, reflexión y debate.

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