BALA, BUEY, BIBLIA Y BOLSONARO. LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS DEL SIGLO XXI.

Arde la Amazonía, herida por los intereses de clases dominantes que basan sus ganancias en explotar los bienes comunes naturales. El poder político, con Bolsonaro a la cabeza, le tienden la alfombra. ¿Cómo responder a esta amenaza tan fuerte, que se cierne sobre los cuerpos de las comunidades humanas y no humanas de este pulmón planetario?

Hace semanas que arde el Amazonas ante la impotencia de las mayorías y la inacción -y el apoyo- del gobierno de Brasil y los estados brasileños involucrados. Las llamas ya llegaron a la costa atlántica y a Bolivia (país donde también está muy presente el extractivismo), según un monitoreo del observatorio Xingú.

El presidente del Brasil intenta culpar del fuego al calor o a organizaciones de la sociedad civil, a quienes acusa de provocar los incendios para arruinar su imagen en el exterior. Mientras tanto, los grileiros, estancieros y mineros ilegales, armados hasta los dientes, no dejan de matar indígenas, defensores de los derechos humanos y ambientalistas, y de avanzar sobre la selva, los ecosistemas y sus habitantes. Lo han hecho desde hace años, y hoy tienen mucho más margen para profundizar sus prácticas.

No son nuevas las advertencias internacionales que vienen realizándose acerca de la desprotección de la gestión de Bolsonaro sobre el Amazonas. El año pasado, Alemania expresó su intención de retirar el apoyo económico que realiza desde el 2008 para la protección del pulmón del mundo, ante las crecientes tasas de deforestación durante el breve, pero impactante, mandato del presidente de ultraderecha. Según un análisis realizado por The New York Times, en el primer semestre del presente año se percibió una caída del 20 por ciento (en comparación con el mismo período en 2018) de las acciones destinadas a controlar las reglamentaciones ambientales, disminuyendo las multas, advertencias y el decomiso o destrucción de equipo ilegal en áreas protegidas.

El gráfico lo dice todo: Formaciones de bosques naturales en Brasil, 1985-2017 (en hectáreas). Fuente: MapBiomas.org

Entonces: Bolsonaro removió la protección de áreas sensibles, y avala el ataque y desplazamiento de comunidades indígenas, haciendo culto de las armas e impulsando a estancieros y terratenientes a expandirse. ¿Qué podía salir bien de todo esto? No podemos obviar además que estos planes fueron pronunciados explícitamente durante su candidatura.

Hasta el 21 de agosto, más de 72.000 focos de incendio se registraban en sitios oficiales. Como ejemplo, horas después de firmar un compromiso por la preservación, más de 500 permisos para desmontar en Tocantins fueron aprobados, según informa el sitio web de la red Globo. 

La lógica perversa detrás del fuego


Por lo general, la sucesión es esta: las mafias madereras avanzan cortando los árboles que venden bien en el mercado ilegal, luego queman lo que queda en pie y lo que sobrevive es cortado al ras para abrir paso a las pasturas e introducir ganado o soja. Luego de 10 o 15 años las parcelas son abandonadas ya que la degradación es importante, avanzando hacia otros espacios. “El día de fuego” fue un evento organizado por “estancieros” para “demostrarle a Bolsonaro que queremos trabajar, y la única forma es quemando para abrir pasturas”.


Así, el agronegocio, la minería ilegal, la extracción ilegal de madera para venderla al exterior y la violencia irracional se llevan la vida de pueblos indígenas, animales, flora centenaria y única. Y de inmediato se desmorona el débil sueño del Acuerdo de París y los restantes acuerdos que en la realidad ya parecen una mala broma. Como si el mundo no tuviera suficiente con el derretimiento de Groenlandia, el Ártico y los glaciares, ahora queman el Amazonas, el Cerrado y el Pantanal. Empresas multinacionales como el frigorífico JBS (conocida por las coimas a Temer) son las que se enriquecen desmedidamente a costa de exportar carne, producida gracias a la acaparación de territorios de selva que se destruyen para introducir ganadería. La corrupción es sistemática, así se promueven la deforestación y ocultan e ignoran los crímenes contra las poblaciones locales que ésta acarrea.

No podemos quedarnos mirando. A la distancia, se ha criticado la difusión de este crimen por redes sociales, como si sólo fuera la incumbencia de “ambientalistas”. Lejos estamos de eso; no sabemos cuánto tenemos que perder y sufrir para finalmente unificar posiciones, apoyos y solidaridades. Estamos atravesando una crisis fuertísima, pero todavía existen agoreros y desmovilizadores, como si no fuera suficiente con un presidente negacionista y fascista. Bueno, estamos en contra de esquivarle el bulto: nuestra mirada se pone del lado de las comunidades, siempre, y he aquí que son ellas las que sufren mucho más que nosotros con el terror de las imágenes en las pantallas. 

Pero si aún así hay que justificarles, sobre todo a los que se ponen del costado de la “neutralidad científica”: ya hay suficientes estudios e informes internacionales advirtiendo que de no cambiar el modo de producción y alimentación industrializada, especialmente el consumo de animales mantenidos en feedlots, por y para el primer mundo (países compradores de carne y granos para alimentar ganado que Latinoamérica exporta) la vida en este planeta, tal como existe hasta ahora, se tornará insostenible.

Plantar árboles es necesario, pero es una acción por sí sola insuficiente. Debemos frenar la destrucción de los ecosistemas amenazados con leyes y sanciones y realizar políticas ambientales destinadas a restaurar los ambientes y la biodiversidad afectada. Y para eso es necesario difundir, criticar, realizar acciones individuales y sobre todo, trabajar colectivamente desde los territorios y los derechos de las comunidades.

Bolsonaro, el agronegocio y la lógica destructiva y misógina


Podemos discernir además el vínculo estrecho con la lógica patriarcal. Del 9 al 14 de agosto, en Brasilia, la capital brasileña, se realizó la primera marcha de mujeres indígenas. Bajo el lema “Territorio: nosso corpo, nosso espirito” (territorio: nuestro cuerpo, nuestro espíritu) representantes de más de 130 pueblos originarios se concentraron en esta ciudad para debatir, visibilizar sus demandas, ampliar alianzas y elaborar un documento final que recoge sus reivindicaciones. 

En el último día convergieron con la Marcha de las Margaritas, conformada en su mayoría por mujeres campesinas. Unas 100.000 mujeres pintaron de lila el eje del planalto de Brasilia, compartiendo reivindicaciones sobre la defensa del territorio. En este marco, es imposible no relacionar la fuerza que están cobrando los movimientos de mujeres en América Latina, poniendo el cuerpo en primera fila de la defensa territorial y organizando movilizaciones multitudinarias, con la reacción violenta de gobernantes, élites y mafias de todo tipo, que atenta contra esas mismas poblaciones y sus derechos. Brasil es el país con mayor número de defensores ambientales asesinados.

En palabras de Soledad Fernández Bouzo: “en términos simbólicos, la quema del Amazonas es una imagen que evoca el ultraje a las mujeres guerreras, las brujas en la hoguera, la voluntad inquisidora de quienes detentan los poderes político-económicos y se creen los dueños del mundo. Es una metáfora de la reacción conservadora contra las comunidades, contra los cuerpos subalternos y feminizados, y sus territorios biodiversos; una reacción que no duda en sofocar los pensamientos emancipadores y las identidades disidentes. La quema del Amazonas es la cara visible del extractivismo ardiente, símbolo del más profundo desprecio por la otredad en nuestros tiempos; fobia a toda construcción comunitaria y plural; misoginia ampliada perpetrada hacia la tierra-fuente de vida. En ese sentido, la quema de la Amazonía -transformada en mero recurso- no es más que una topadora de extracción de derechos”.

Algunos datos:

– Habitan 305 pueblos indígenas con una población de 900.000 personas.

– En el último año, la tasa de deforestación en la región aumentó en un 278%, superando los 5.879 millones de kilómetros cuadrados (según Ricardo Galvão, ex jefe del Instituto Nacional de Investigación Espacial (INPE))

– En la década de los ’90 la selva absorbía 2.000 millones de toneladas de CO2. Ahora se ha reducido a la mitad (fuente: Greenpeace)

– La tasa de deforestación en unidades de conservación se duplicó desde el 2012, y entre 2017 y 2018 alcanzó un pico en los últimos diez años. (Fuente: Imazon)

Un espacio colectivo de difusión, reflexión y debate.

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