La urgencia climática ha llegado a los medios, pero todavía es un debate abierto. Repasamos los últimos cambios y nos ponemos en campaña para seguir exigiendo, con palabras y acciones, el fin de este sistema contaminante.


¿Nos estaremos “adaptando” al “cambio climático”? Cada palabrita sobre “lo ambiental” siempre generó dudas y lleva a encontrarnos con una nueva esquina de ese laberinto.
 
No es menor la forma en que comunicamos sobre los desafíos ambientales, de qué manera ponemos en palabras lo que nos está sucediendo en este instante. Sin entrar en la desesperación, dirán algunos; sin entrar en el optimismo de la razón, dirán otros.
 
Un medio masivo de comunicación británico, The Guardian, tomó una decisión con respecto a su línea editorial a partir de ahora. Este diario viene siguiendo de cerca la amenaza global que atravesamos y ha dado un paso adelante en esta delicada cuestión de las palabritas: según comenta Paul Chadwick, editor de la sección de Lectores del citado medio, estas palabras no han sido “banneadas” (prohibidas) -de hecho, pueden ser usadas en contextos específicos o para sostener ciertos debates-, pero se ha optado por elegir las nuevas para sus publicaciones, lo que ha traído nuevos debates con lectores y miembros de la comunidad científica. Algo previsible, por demás.
 

UNA SOPA DE LETRAS

La principal medida fue dejar atrás el término “cambio climático” para sus notas y artículos (lo que se llama, “actualizar el libro de estilo”), confirmando que lo que estamos atravesando como humanidad es más bien una crisis climática, provocada por nuestra especie.
Aunque “cambio climático” sigue siendo un argumento central por el que generar medidas políticas, este hecho periodístico marca un ciclo de agotamiento. Un cambio no es necesariamente bueno o malo, y no promueve el movimiento. Se trata además de un fenómeno, algo que se ha dado en nuestra historia natural, llena de alteraciones climáticas estudiadas por generaciones de científicxs. Incluso cuando los orígenes hayan sido por actividades humanas.
 
También propone cuestionar expresiones usuales como “calentamiento global”, que en inglés se dirime entre “global warming” (el que se viene empleado mayormente) y “global heating”. Insistir con el uso de esta última frase alude a un efecto más impactante en las consecuencias planetarias de los gases de efecto invernadero; en vez de un simple “calentamiento” (algo templado o caliente, potencialmente controlable), un auténtico aumento de temperatura que exige medidas urgentes para enfriar el planeta, disminuyendo esos grados celsius que tanto debaten los líderes mundiales.
 
Otras palabras han sido tocadas en el libro estilístico. Se propone cambiar “vida salvaje” (wildlife) por “biodiversidad”; “poblaciones pesqueras” en vez de “recursos pesqueros” (fish populations en lugar de fish stocks); “negacionistas del clima” en lugar de “escépticos climáticos”. ¿De qué se trata aquí? Va en línea de recuperar la vida de todo lo que nos rodea (aunque “wildlife” -lo reconoce The Guardian- sea insuficiente al dejar de lado la vida que está mismo en las ciudades, en las plantas y fuera del alcance de la vista… aquí han optado por un término más visual, que tiene que ver mucho con el informe IPBES que comentamos) y de comprender que lo que es recurso o stock cuantificable, también tiene su dinámica poblacional y por ende, su vida a ser respetada. Lo de los escépticos es unánime: no son tiempos para tibiezas.
 
Lo que nos afecta como especie (y al resto de los no-humanos) tiene ese apartado especial en un diario, aquel programa específico en la grilla de la programación de la TV, uno o varios estantes de la librería. A alguno/as este hecho pone los pelos de punta; se trata de la urgencia del tema y el desfasaje que se produce en nuestra vida cotidiana.
 
 
Y eso sin dejar de estar prestando atención a otras cosas, a prioridades del aquí y ahora. Es difícil imaginar cuáles serán concretamente las alternativas (¿decrecimiento, buen vivir?), a pesar de que estemos poniendo en práctica algunas, o lo estemos debatiendo con los demás. Sabemos que mientras esto no sea prioridad absoluta, tenemos que avanzar en el “mientras tanto”.
 

SIN PELOS EN LA LENGUA

Uno de esos “mientras tanto”, entonces, por ahí puede ser revolucionar, aunque sea progresivamente, la forma en que nos referimos a estos temas. Hay que reconocer un escenario, nuevamente y por las dudas. Lo “verde” es un banquete para todos los gustos: una palangana de propuestas para la educación ambiental, una fuente inagotable para los negocios, un manantial de ideas creativas para las generaciones actuales y venideras, un manual de uso para los publicistas, un software que corre en todas las computadoras. ¿Podemos transmitir lo mismo, usando las mismas palabras? ¿Importan las palabras, importan los hechos?
 

Un tweet de Donald Trump se mofa del “global warming” ante un pico de frío polar en el medio-oeste estadounidense. La confusión, las fake news y el negacionismo contribuyen a empantanar el debate.

 
Líderes mundiales se llenan la boca con discursos que hablan de la sustentabilidad; documentales nos muestran los últimos momentos de una especie animal; niños y adolescentes reclaman por un mundo mejor. Todos tienen la salida fácil, el “EXIT” también verde que titila al lado del laberinto. Es el desgarrador “estar haciendo algo, aunque todo se caiga a pedazos”, el granito de arena. Un leve cosquilleo en las manos de gobernantes y empresarios, aún así tan poderoso y multiplicador.
 
En un plano cotidiano, “adaptarse” al cambio parece ser un emblema de nuestros tiempos. ¿Quién no ha sido exigido así en el mercado laboral? En aras de la meritocracia y el individualismo, nos hemos tenido que adaptar a los nuevos tiempos. No está mal reconocer que las condiciones y desafíos pueden variar en poco tiempo, pero tornarse norma de nuestras vidas modernas nos puede llevar al “sálvese quien pueda” y la inmovilidad.
 
Entonces, como menciona Chadwick, el lenguaje no es solo descriptivo, sino que puede ser exhortativo. No sólo describe, diagnostica, espera a que las cosas ocurran o cede su responsabilidad a los que “manejan las cosas” (todo lo que la “neutralidad” impone), sino que puede demandar, exigir acciones urgentes. Esto no le quita neutralidad, sino que se trata de la ética de la responsabilidad, de sabernos involucrados toda/os en estas cuestiones. El cambio climático describe, espera que se adapte; la crisis climática no sólo nos dice lo que sucede, nos obliga a la acción. En todo momento, aunque sea en el “mientras tanto”.
 
¿Qué otras palabras merecen una revisión urgente? ¿Seguiremos apostando al desarrollo sustentable? ¿Alcanza la responsabilidad social como algo accesorio en una organización, y no como un elemento intrínseco, parte de cualquier institución, empresa u ONG? ¿Esperamos que sean buenas para la salud y el ambiente las buenas prácticas en la agricultura, la ganadería y la minería?

Desde aquí queremos siempre revisar nuestras expresiones y acciones. Pretendemos seguir de cerca estos debates, ver qué cosas “cambian” y qué otras “entran en crisis”, y cuáles son los nuevos laberintos que creamos. Sabemos que tenemos por delante muchas actitudes, actividades y palabras para desarticular y generar nuevas iniciativas, con algunas que sí serán nuestra guía y garantía: la cooperación, la solidaridad, lo colectivo.