El 22 de abril de 1970 se celebró por primera vez el Día Internacional de la Madre Tierra (o día de la Tierra), en Estados Unidos, por iniciativa del senador Gaylord Nelson. La preocupación por los impactos de las actividades humanas sobre la vida y los ecosistemas no es nada reciente: ya en aquel entonces había muchas voces que alertaban sobre estos impactos y pronosticaban un futuro siniestro de persistir el mismo modelo de producción que los estaba causando. Y el gran problema de este modelo también estaba claro cincuenta años atrás: la humanidad estaba acercándose peligrosamente a los límites del crecimiento. En efecto, en 1972 el Massachusetts Institute of Technology (MIT) publicó The limits of Growth (“Los límites del crecimiento”), un informe en el que se da cuenta, a lo largo de sus casi doscientas páginas, de la insensatez de perseguir un crecimiento infinito en un planeta cuyos recursos están limitados.

Desde entonces han pasado 49 Días Internacionales de la Tierra, 24 Conferencias sobre Cambio Climático y 14 Conferencias de Naciones Unidas sobre la Biodiversidad. Se han establecido los Objetivos de Desarrollo del Milenio y luego los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Se estableció el Protocolo de Kyoto, que fracasó, y desde 2015 el Acuerdo de París. Se han celebrado otros tantos encuentros: sobre océanos, bosques, glaciares, pueblos indígenas, países emergentes, migraciones, transporte sostenible y más. Pero a la par de todos estos encuentros y acuerdos, el modelo de producción lineal, de depredación de recursos naturales y de consumo voraz persiste en su hegemonía, como si nada pasara. 50 años después la economía sigue siendo lineal, dependiente de fuentes de energía no renovables, de la esclavitud y la explotación de animales y seres humanos. Insensato y desolador.

El Quinto Informe del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC) nos dice que estamos en un brete, pero que todavía estamos a tiempo de evitar una verdadera catástrofe. El cambio climático es una amenaza que hoy se ciñe sobre nuestras cabezas más que nunca. Tenemos incluso un margen de tiempo para actuar: doce años. Hoy, 22 de abril de 2019, están a la vista los efectos devastadores de este sistema depredador y excluyente. El cambio climático es un síntoma. El sistema de económico y productivo es la enfermedad. La buena noticia es que la cura está en nuestras manos. Para que, dentro de doce años, el 22 de abril de 2041 sea, quizá por primera vez, un día para celebrar. Pero hoy es un día para luchar y para cambiar.