El auditorio de la Facultad de Arquitectura y Diseño de la UBA recibió la visita del director de cine y actual senador Fernando “Pino” Solanas, para la proyección de su último largometraje, “Viaje a los pueblos fumigados”.

Anclada en el cine documental, la película tiene dos vetas: principalmente, difunde una problemática de suma relevancia para nuestros territorios, y en el interin, expone la dificultad de presentar este tipo de cine en los circuitos tradicionales. Los intercambios del público con Pino tuvieron ese condimento: no sólo debatir el modelo agroindustrial, sino -a tono con la casa de estudios donde nos hallábamos- evaluar la capacidad actual del sector para generar y producir ideas audiovisuales. En forma de anécdota, Solanas comentó la ínfima rotación inicial de la película en el circuito del Cine Gaumont – INCAA, con pocas emisiones diarias y una capacidad limitada de sala, mientras que en Alemania pudo estrenarla en diversos festivales con mucha concurrencia de público. En suelo nacional de Bayer-Monsanto una peli-denuncia de su matriz industrial puede distribuirse en forma más accesible que en una de las sedes de la producción de alimentos transgénicos del mundo.

Más allá de los vericuetos de una industria de cine nacional fuertemente impactada por las políticas de ajuste del gobierno, en áreas donde el ministro Hernán Lombardi sigue haciendo estragos (con despidos en Télam recientes, por ejemplo), las imágenes de la película “Viaje a los pueblos fumigados” ofrecen una oportunidad más para difundir lo que no se habla: despojo de comunidades y afectación a la salud y al ambiente. Se suma a otros documentales que, con sus diferentes tonos y personas entrevistadas, refieren a los problemas alrededor de la agroindustria (por ejemplo, “Desierto verde”, “Pueblo verde”, “Hambre de soja”, “La agricultura negada”…)

“Viaje a los pueblos fumigados” relata, en palabras de Pino, un “viaje personal a la crisis de la Argentina contemporánea”, que desde el 2001 busca rastrear y registrar a través de la cámara. El film expone diferentes escenarios en que se manifiesta el complejo agroindustrial: desde los desmontes en la zona centro-norte del país, con el desplazamiento de comunidades locales, pasando por las fumigaciones en los campos y poblados, con testimonios de primera mano y de gran crudeza, hasta la punta del ovillo en la cara del consumo, evaluando la presencia de agrotóxicos en los alimentos que llegan a la ciudad y cómo se puede combatir con alternativas de comercio cooperativo y orgánico cada vez más numerosas.

UNA GUERRA VERDE

Una sensación me recorrió en varios pasajes. Es la de estar asistiendo a escenas bélicas con las avionetas fumigando y las comunidades afectadas en sus cuerpos desnutridos y tierras ancestrales arrasadas. El ruido de los motores ampliado en la sala, las nubes de plaguicidas rociando los campos y los bosques talados, parecían armar un cuadrito de rompecabezas con escenas de bombardeos imperialistas en los ’80 sobre Centroamérica, o cualquier otro lugar donde se encontrasen los “subversivos”. Me recuerda a las afirmaciones de la activista y filósofa india Vandana Shiva durante su visita a Argentina en el marco del Festival Independiente de Cine Ambiental (FINCA) en 2016, de que la agricultura industrial es lisa y llanamente, guerra: “En Alemania, los gases de las cámaras de gas, tienen la misma naturaleza que los fosfatos que se usaron para los cultivos. Los fertilizantes sintéticos vienen de las fábricas de explosivos. Hay muchas bombas hechas de fertilizantes”.

Parece que los subversivos, los peligrosos del orden social, siguen estando en el verde, entre los árboles y las hojas. Ahora llamados “refugios de biodiversidad” porque ya se los fue comiendo la frontera agraria, los secretos, experiencias y sentidos que guardan estos lugares se pierden poco a poco, a manos del bloque de cemento de las corporaciones y la vida gris de trajes y oficinas. Las topadoras revientan el macizo de estratos verdes y los restos de árboles, a veces, son recuperados por cuadrillas de familias pobres -como muestran las primeras escenas- por unos pocos pesos, listos para ser utilizados como postes, muebles o quema. Pueblos originarios pierden sus tierras y los cuerpos de sus familias se borran del mapa. Arboles milenarios y fuente de alimento para las comunidades y otras especies animales mueren para dar lugar a un puñado de plantas con orígenes y mejoras en laboratorios.

En un momento, Jorge Rulli, uno de los entrevistados, militante y referente del Grupo de Reflexión Rural, recorriendo campos sembrados de soja encuentra finalmente una pequeña planta erguida que ha logrado escapar a las fumigaciones. La nombra “yuyo subversivo”, en referencia a la resistencia que pudo lograr frente a una pulverización de litros de herbicidas tóxicos que buscan evitar malezas entre las plantas de soja. La resistencia, esa que a veces se hacía en las líneas de fuga de los bandidos rurales (bandidos rurales, difícil de atraparles dice la letra de Gieco, y nos recuerda aquellos personajes íconos de una tensión entre el pasaje rural-urbano y las formas “pre-políticas” de protesta social, que tanto debatieron autores como Eric Hobsbawm, Pat O’Malle, Roberto Carri, Richard W. Slatta y más) se disuelve hoy y cuesta verla nítida porque los frentes de ataque son múltiples. Pero existe. Hay subversiones al orden imperante y es importante que las conozcamos, ya que las fumigaciones contaminan directamente a quienes están expuestos, pero también permanecen en el aire y se desplazan kilómetros -en el aire, en el suelo, en los alimentos mismos- para afectar a grandes poblaciones. Nadie escapa.

Desde ya, así como desaparecieron determinados figuras de rebelión y protesta, las clases dirigentes también se han reconfigurado, y los grandes apellidos de la patria sojera actual se alejan de las familias de élites tradicionales. Estudios como los de Barsky y Dávila

, y Gras y Hernández

, destacan que la burguesía agraria actual se apuntala desde la llamada “Revolución verde” y la biotecnología, replicando un andamiaje de los Estados Unidos con base en la transnacionalización del agro. La AAPRESID (Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa), desde los ’80, concentra las directrices de la “siembra directa” con los paquetes de semillas modificadas genéticamente y plaguicidas sintéticos. La combinación de tecnologías industriales aplicadas al agro y un esquema de negocios “atractivo” para emprendedores con ganas de obtener ganancias de la tierra hoy permite al sector rural posicionarse como alternativa de negocios donde prima la gestión, la financiarización y la maquinaria.

Al mostrar la desregulación del sector, el relato de Pino rescata la experiencia histórica de la Junta Nacional de Granos, que funcionó desde 1933 hasta inicios de los ’90 encargada de intervenir en la comercialización de las cosechas. Es recordada su importancia durante el primer gobierno peronista, cuando pasó a denominarse Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) y logró ofrecer un respaldo a los productores ante vaivenes de precios en el mercado internacional.
Ciertamente, cuando la política logra un control sobre lo que es meramente mercado, y la “economía política” subsiste y logra un cuerpo de ideas frente a la antipolítica económica (el libre mercado), hay una situación de mejores condiciones para pensar nuevos horizontes de alternativas económicas. Como se comprobó en los años del kirchnerismo, donde el Estado pudo ponerse un poco al timón de esta timba, y aportar una redistribución del ingreso en políticas sociales. No obstante, se asentó en un silencioso despojo, que poco a poco fue saliendo a la luz. Quizás, sobre todo, a partir del conflicto con el campo por las retenciones (“la 125”). La cuestión sería: ¿alcanza con lograr control nacional sobre la renta de la exportación de las cosechas, o hay que pensar más allá?

IMPACTOS A LA SALUD

Al modelo agroindutrial se le suma, como toda iniciativa empresarial del nuevo siglo, los complementos de “sustentabilidad”: la idea de gestionar con bajo impacto ambiental y social una actividad supuestamente racional y controlada en todos sus pasos. Sin embargo, como declara un productor orgánico en la película, quienes se meten en el business de la alimentación asumen una responsabilidad como valor agregado de enorme importancia. Son encargados de poner en la mesa alimentos, y estos no pueden ni deben ser perjudiciales. Entran en relación con un derecho básico a la alimentación. Este sentido de la responsabilidad tiene que ver con la ética; la responsabilidad social de las empresas, en cambio, habla con la moral y las buenas costumbres. El primero piensa en términos de justicia y es primordial; el segundo juega con las migajas de lo que queda del beneficio individual.

Recuerdo la nota de una revista Gente que cayó en mis manos, allá por el año 2001/2, donde se señalaban las bondades de la soja para facilitar la labor de comedores infantiles, y entrevistaban al cura Grassi (actualmente en prisión culpable de abuso de menores) sobre todo lo que podía hacerse con la leguminosa: leche, milanesas, postres, etc. La busqué por curiosidad en internet y me topé con un documento de Greenpeace donde recopilan estas actividades “caritativas” de los productores agropecuarios por contribuir a paliar la malnutrición. La nota decía cosas como:

“En la Fundación Felices Los Niños del padre Grassi, más de 3.600 chicos podrán
comer durante un mes con los 3.000 kilos de soja que donó Víctor Trucco, el
presidente de AAPRESID. El dirigente rural inició una campaña para terminar con el
hambre en la Argentina y en apenas cuatro meses logró reunir 84 mil toneladas del
nutritivo grano. Y el comedor de Grassi es uno de los primeros beneficiados.
Aunque el proyecto final, que es terminar con la desnutrición infantil en la Argentina
(…) hoy, más de 3500 chicos de esta fundación se alimentan gracias a la soja (…)
Antes de cambiar el menú, los maestros y profesores dieron una clase especial en
cada aula explicando los beneficios de este alimento y la cantidad de nutrientes que
significa un plato de soja.”, ”Gracias a la soja, estos chicos volvieron a reír”, Sergio
Oviedo, revista Gente, pág.64 a 67, Buenos Aires, 14 de mayo de 2002.

“ (…) con los chicos: no había manera de que aceptaran la soja. En nuestro país
somos carnívoros por naturaleza y es muy difícil poder cambiarlo (…) entendí que lo
importante es llegar antes, educar, generar una cultura distinta y enseñar”, “
Gracias a la soja, estos chicos volvieron a reír”, entrevista al padre Grassi, Sergio
Oviedo, revista Gente, pág.64 a 67, Buenos Aires, 14 de mayo de 2002

En ese momento, el famoso “yuyito” (mote hecho famoso por la ex-presidenta Cristina Fernández Kirchner durante 2008) hizo su entrada triunfal. Como señalan Diego Domínguez y Pablo Sabatino

, precisamente en plena crisis de 2001-2002 la cosecha récord (o “superproducción agrícola”) de soja marcó el camino del complejo agroindustrial orientado al mercado externo. A la par, su alto valor proteico y virtuosidad para ser empleado a bajo costo en reemplazo de una completa nutrición variada en sus componentes, fue el fundamento para un plan de “Soja solidaria” con el que los productores agropecuarios buscaron dar su cuota de cáritas y cumplir un apoyo social, a la vez que posicionaban a la soja como alimento clave en el combate del hambre. Lo que realizaban en realidad era confundir, ya que la soja como un componente central de la alimentación ante la falta de otras opciones:

“es deficitaria en muchos nutrientes – interfiere en la absorción del hierro y del zinc – no es una buena fuente de calcio – no es una panacea nutricional – no se debe denominar a la bebida obtenida de la soja (jugo) como “leche”, pues no la sustituye de ninguna manera. – consideraciones nutricionales desaconsejan el uso en niños menores de 5 años y especialmente en menores de 2 años. Criterios de Incorporación de la Soja, Foro para un Plan Nacional de Alimentación y Nutrición, Julio 2002” Citado del documento de Greenpeace.

Se trataba, en suma, de una estrategia publicitaria (hoy todo un campo de estudio y gestión, la responsabilidad social empresaria) para lograr una mejor imagen de los productos, pero que lograba introducir a la soja en la dieta de las clases bajas. En panorama de crisis económica, es cosa sabida también que los indicadores de pobreza e indigencia suben notablemente y comienza a hablarse ya de hambre y desnutrición infantil -que son dos conceptos diferentes- como un síntoma de “crisis humanitaria”, momento en que recién esos esfuerzos, siempre en la línea del filantropismo, se movilizan. La desnutrición recrudece las estadísticas de mortalidad infantil (menores a 1 año) y de menores de 5 años. Mirando una comparativa de países identificaremos otro aspecto más de la deuda social y ecológica mundial: aparte de disparidad de ingresos (medida por el PBI), existe una marcada diferencia en los números de mortalidad infantil. Sin embargo, también hay lugar para excepciones: Cuba, un país con fuerte constricción económica desde afuera, muestra indicadores de mortalidad infantil cercanos a países centrales. Ello se debe muy seguramente al conocido potencial del sistema de salud-educativo cubano, pero también a que el país viene desarrollando fuertes políticas de transición a la agroecología, en una apuesta por la soberanía alimentaria que merece un artículo aparte (incluso para prestar atención a las tensiones y contradicciones de tal proceso).

Otro foco de la película son las escuelas y pueblos fumigados. Hay en las escuelas complicidades perversas, parecidas a la situación en las economías de enclave mineras: mientras lxs pibes estudian, sus padres suelen manejar las maquinarias y transportes en los campos de sus patrones. La amenaza de perder el trabajo también funciona como obstáculo para articular demandas. Aquí se aprecia el lugar de las mujeres, madres y maestras rurales que salen a denunciar, muchas veces a partir de la enfermedad, las fumigaciones en ámbito escolar y que a veces son marginadas por luchar. También en zonas más urbanas: vale el ejemplo de lucha de las madres de los pueblos fumigados, quienes por estar injustamente en mayor contacto con sus hijxs, detectan rápidamente los síntomas comunes de enfermedades y se organizan para compilar información y denunciar. En Córdoba, el barrio Ituzaingó Anexo, testimonia una madre, se ha tornado “Zona roja” a la manera de un territorio en cuarentena asolado. Los “de afuera” evitan ingresar a sus calles.

Pero de a poco algunos irán ingresando, ya que los síntomas van apareciendo y por los resquicios del sistema médico y universitario se irá conformando un cuadro de la situación. Vienen aquí las escenas con el médico pediatra y neonatólogo Medardo Avila Vazquez (coordinador de la Red Universitaria de Ambiente y Salud) y los campamentos sanitarios organizados por la Universidad Nacional del Rosario de la mano del Dr. Damián Verzeñassi. En un momento cuentan cómo apareció encadenada la puerta de la oficina que guardaba los resultados de las encuestas, realizadas por estudiantes del último año de Medicina, para diagnosticar diferentes barrios de Córdoba, Santa Fe, Buenos Aires y Entre Ríos. Revelando así, oscuros y fuertes apretones de manos entre autoridades universitarias y entidades de públicas de investigación, y las corporaciones. El mejor ejemplo es Andrés Carrasco, quien desde el CONICET comprobó los efectos negativos para la salud del glifosato, y por ello fue también denigrado y hostigado en el ámbito científico. Hoy, la OMS reconoce como cancerígeno al herbicida y el nombre de Carrasco es sinónimo de compromiso, de una ciencia para la sociedad; su legado lo llevan adelantes muchas iniciativas que militan desde los territorios por un derecho al ambiente sano.

La muerte se hace presente de diferentes maneras: para recién nacidos, para las madres embarazadas (¿cuántos productores y empresarios, con marcada tendencia conservadora -y por ende, probablemente en contra del “aborto legal, seguro y gratuito”-, pueden hablar a favor de “salvar las dos vidas” mientras los productos que habilitan a baldear sobre nuestra tierra producen malformaciones genéticas y abortos espontáneos?), para niñas y niños que juegan en zonas donde los barros se contaminan con tóxicos (la película trae el caso de Nicolás Arévalo, un pibe de 11 años que murió en el pueblo de Lavalle, Corrientes, luego de entrar en contacto con endosulfán en barros cercanos a una tomatera), para las comunidades indígenas desatendidas por el Estado y expulsadas por las empresas y las fuerzas represivas, sin agua ni alimentos. Aparece en las políticas anti-disturbios de la policía y gendarmerías, en las enfermedades que asolan a aquellos que viven cerca de los campos fumigados y quienes respiran el aire contaminado que se desplaza varios kilómetros, en cada consumidor de frutas y verduras -que llegan a las góndolas y almacenes intoxicadas- y de alimentos procesados con transgénicos con que abarrotan los monopolios de supermercados.

Se insiste, sobre la venta de alimentos en comercios y espacios públicos, con todo el asunto de la bromatología: la necesidad de un control permanente en salubridad, de seguridad e higiene que evite que nos intoxiquemos por la ingesta de lo que compramos directamente. Hay mucha indignación alrededor de eso (y argumentos de ese talante cuando detienen a vendedores ambulantes que comercializan alimentos para ganarse el mango). Estamos programados, no obstante, para ir directo a las cadenas de supermercados y adquirir entre los miles de productos procesados, con ingredientes de dudoso origen animal y vegetal, que comprometen al hábitat (un último hito en esta cuestión, cada vez más en boga, es el aceite de palma) y nos enferman.

CIUDADES Y ALTERNATIVAS

En la ronda de preguntas luego de la proyección de la película, una espectadora preguntó por cómo se transfiere este problema a las ciudades, habida cuenta que esa casa de estudios también alberga a futuros arquitect@s y urbanistas. Las conexiones son un poco menos claras, pero igual de sólidas. Una peli como “Ciudad del boom, ciudad del bang” cuenta bien esos detalles del nexo que se teje en la acumulación por despojo de los extractivismos: los excedentes de la soja que se reinvierten en la ciudad vía mercado inmobiliario y negocios del narcotráfico.

De hecho en el puerto de Rosario, Santa Fe, tenemos uno de los puntos de llegada de autopistas y túneles. Más y más kilómetros de camiones circulando y emitiendo gases para acercar productos cada vez más tóxicos al puerto, donde pocos se embolsan los granos y dólares. Una economía que, en vez de decrecer, apuntala la expansión: más avanza la frontera agropecuaria, más se expanden las rutas. Donde los gobiernos ven progreso con el contador de kilómetros asfaltados, otros ven destrucción y hasta sin-sentido: alimentos con orígenes cada vez más lejanos de los consumidores y que viajan enormes trayectos para ser procesados. Por ejemplo, al complejo aceitero de Rosario. Pero la contaminación no va solo por tierra. La Hidrovía del Paraná-Paraguay funciona en dos registros: como salvoconducto de los productos que zarpan a nuevos destinos (repletos de burocracias que evaden impuestos, claro está), y a la vez, el río como transporte, en su propio cuerpo, de los resabios de los contaminantes que se filtran en campos y drenan a los arroyos. Rosario adquiere otras consecuencias: es la puerta giratoria del contrabando, de las off-shore y del narcotráfico. La violencia de las drogas, que se cobra vidas en peleas de bandas y hunde a lxs pibes en villas y asentamientos de la ciudad y alrededores tiene mucho que ver con los desmontes de bosque nativo en nuestro país. Todo se conecta. Así como los químicos van quedando apiñados en nuestro interior, de a poco todo se va mostrando en sus fibras, como quien no quiere la cosa.

Pero es también en las ciudades, uno de los polos del consumo, donde se juegan los partidos, y resurgen las resistencias que decíamos tan dispersas. Cada vez más afloran comercios justos y solidarios con base en cooperativas que producen sin explotación laboral ni afectar al ambiente. En el film hace su aparición Pedro Peretti, productor especializado en agricultura familiar. A la manera de un Zizek argentino, atolondrado y verborrágico, va descubriendo a la cámara, con dosis de gracia, espacios de trincheras del modelo. Nos muestra campos de cultivo sin agricultores ni apicultores, escuelas rurales abandonas y casas derruidas. En Máximo Paz, Santa Fe, nos enseña los corrales de engorde de ganado, o feedlot, denunciados por su impacto ambiental y crueldad en el trato animal. La película muestra, en contraste, una producción con animales diferente, en las manos del emprendimiento “Naturaleza viva”, granja agroecológica y biodinámica, cuyos lineamientos se acercan mucho más a lo que Peretti difunde como “chacra mixta“.

“Viaje a los pueblos fumigados” homenajea a Carrasco, y a Norma Giarraca (socióloga argentina fallecida hace unos años, especialista en el estudio de los movimientos sociales rurales) y Javier Rodríguez Pardo (español-chubutense, referente en la militancia antinuclear y contra la megaminería en la Patagonia). Incluso al Papa Francisco y su encíclica Laudato Sí, un manifiesto verde con algunos desafíos al modelo que baja desde la autoridad eclesiástica, institución que de todos modos atesora riquezas e ideas con resabios de colonialismo y el medioevo. La ronda de preguntas, al final de la velada, quedó para una afirmación del cineasta. “El cine es amor por el registro de la verdad”. Como decía el escritor británico Graham Greene, un incómodo de la vida -y aún más para sus biógrafos-, y recordando algunas movidas políticas de Pino -desCarrioándose con cierta figura hoy pilar de la opinión pública del gobierno actual-: “busco la verdad, aunque eso comprometa mi ideología”.

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