Finalmente se confirmó que la muerte de más de 70 millones de abejas en un solo día, ocurrida hace ya varios meses en Villa Dolores, valle de Traslasierra, Córdoba, se debió a la aplicación de un pesticida. Queda en evidencia una vez más que la mortandad de esta especie se encuentra en el centro de una problemática que atraviesa al país, reflejando una tendencia global en relación a la pérdida de biodiversidad por el modelo industrial en el agro.

De pequeño, no me acuerdo quién me dijo alguna vez que si ves una abeja muerta, cuidado, porque en realidad actúan y cuando te acercas a examinarla, zas, van y te pican. A pesar de la inexactitud de esas explicaciones para noveles exploradores de la vida que somos de jóvenes, la movida reciente alrededor de las abejas puede llevarnos a prestarles atención, observarlas y desterrar algunos miedos sobre ellas. Y en cuanto al conflicto en sí, tratar de distinguir la paja del trigo (¡pero sin químicos contaminantes!). Un poco en ese sentido viene lo que sigue.

Cuando los sectores de la agricultura industrial tomaron el camino, desde la década de los ’80, de inmunizar sus ganancias frente a cualquier tipo de afectación de plagas u otros seres “indeseables”, dieron el primer paso para lo que hoy se manifiesta en múltiples formas de degradación ambiental y en nuestra salud. Las colonias de abejas que van colapsando en diferentes puntos del planeta han servido de iconografía para ilustrar un debate, políticas públicas y rearmados de corporaciones.

Del control de plagas general…

Por una parte, las abejas son directas afectadas -así como otros vertebrados, y desde ya, las poblaciones humanas expuestas a fumigaciones- por la aplicación masiva de agrotóxicos en los campos. Uno de los elementos más significativos en este asunto es la utilización de pesticidas a base de neonicotinoides sobre los cultivos, comprobado ya su riesgo para las abejas. Ellas directamente mueren o son afectadas en su capacidad de orientación, impidiendo que regresen a sus colmenas. Menor número de colmenas también repercute en determinados cultivos que se sostienen por polinización cruzada, de una planta a otra.

Las abejas polinizan la mayor parte de las plantas“. Y la polinización, “no sólo es crucial para los alimentos que ingerimos directamente. También es vital para la reproducción de plantas utilizadas para alimentar al ganado y otros animales en la cadena alimentaria, y para mantener la diversidad genética de las plantas con flores”. Esta argumentación va en línea de generar conciencia, como establece la FAO, para los efectos-cascada que tendría la pérdida de los animales polinizadores, sobre todo en la tan mentada capacidad de alimentación global. Esa que insiste en la seguridad -pero no en la soberanía- alimentaria.

¿Cuándo se sentiría tocado nuestro país, núcleo sojero-industrial? De verdad, muchos de los productos que ingresan en los mercados alimenticios nacionales, y más que nada los exportables, se encuentran ligados a la capacidad del sector de sortear “obstáculos”. De alguna manera, el api se encuentra en el agro; pero la “cultura” pierde frente a la “industria”.

La agroindustria, para solventar el proceso de maximización de ganancias, no tiene reparos en sostener un modelo de monocultivos que afecta a las especies de flora y fauna y a las poblaciones humanas, en todos los eslabones de la producción. Campo y ciudad en riesgo. De esta forma, las abejas terminan siendo también víctimas de ese ciclo.

… al control interno de la varroa en abejas.

De otro lado, la misma producción ligada a la apicultura tiene sus problemáticas internas, donde ese modelo general se replica.

La principal amenaza es el ácaro Varroa destructor 1 que debe ser controlado en las zonas de producción. La lucha frente a este ácaro que parasita las abejas jóvenes y adultas y altera las comunidades llevó también a incorporar productos sintéticos en su tratamiento. De acuerdo al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA): “Los casos de varroosis son más severos en zonas donde los inviernos son poco rigurosos y la cría permanece en la celda durante todo el período, facilitando una reproducción ininterrumpida del ácaro mientras disminuye paulatinamente la población de abejas”. No obstante, dentro de la misma institución -y esto demuestra que el Estado es un espacio de luchas y contradicciones que permiten también ensayar soluciones y alternativas a los problemas- se ha venido trabajando en un acaricida orgánico para el sector, por parte de  la Cooperativa de Trabajo Apícola Pampero Limitada junto al programa Cambio Rural del INTA Bordenave, Buenos Aires, así como otros laboratorios.

“Apicalipsis”

La magnificación resulta inevitable, retomando expresiones abismales, se bautiza la situación como un “Beemagedon” o “beepocalypse” , al que también incluyen a las aves en tanto dispersoras de semillas. Como todo slogan, tiene un potencial llamativo como para alertar. No obstante, ya ha entrado en los círculos oficiales de las políticas ambientales internacionales. Un término más acotado al ámbito científico es el de Colony collapse disorder (CCD). Para algunos operadores de los OMGs y la biotecnología aplicada, la elección de la imaginería de abejas débiles, moribundas y muertas “emocionalizan” una nueva campaña del miedo, para la cual no hay aún evidencia científica suficiente.

Las denuncias vienen, inicialmente, por una significativa baja en la producción local, de acuerdo a protagonistas locales.

Cifras de la situación apícola en el país. Fuente: diario El Día

Cifras de la situación apícola en el país. Fuente: diario El Día

Esto desde ya, no ignora que ciertos sectores más acomodados o concentrados en la industria de los productos de la apicultura puedan mantenerse a salvo. El Consejo Federal de la Sociedad Argentina de Apicultores (SADA) pudo plantear la situación a las autoridades del Ministerio de Agroindustria, destacando la masiva utilización de agrotóxicos que provoca pérdida de biodiversidad. La respuesta del Ministro de Agroindustria Luis Miguel Etchevehere fue por demás nefasta: “¿Cómo piensan convivir con eso? Porque el modelo no va a cambiar”. No obstante, releyendo la respuesta a la luz de la situación ambiental de nuestro país no desentona para nada. Por citar solo a áreas del gobierno más o menos cercanas a la temática, recordemos al ministro de Ambiente Sergio Bergman declarar “las leyes de protección ambiental son grandes ideas irreales que responden a una épica legislativa”” y al ministro de Ciencia y Técnica, Lino Barañao, respecto al glifosato o el movimiento ecologista con sus “fundamentalismos“. Tres responsables de áreas pilares para direccionar el derecho al ambiente sano apostando y reapostando en un camino suicida del capital. A veces explícitamente, otras con bifurcaciones sutiles, como la alquimia que permitiría conjugar ganancias con cuidado del ambiente (la tan mentada economía verde y similares).

La Unión Europea ha decidido “bannear” definitivamente diferentes productos -de la marca Bayer y Syngenta, entre otras-, que antes se encontraban en el ojo de la tormenta y apenas controlados. Mientras que algunas normativas persisten -en su utilización del término “responsable”- con que debe evitarse la aplicación en zonas de colmenares o comunidades presentes (por ejemplo, solo en invernaderos cerrados), en nuestro país, integran el listado aprobado por Senasa y poco se ha dicho hasta recién sobre las consecuencias.

La maraña de información también puede generar confusiones. La evidencia científica aparece de ambos lados, y desde ya hay “negadores” de la problemática y recurrentes noticias de récords en colonias que parecen contradecir los diagnósticos. Vale la pena adentrarse también en las consideraciones que apuntan lo contrario a una extinción; seguramente podamos obtener diagnósticos y puntos de vista que complejizan una mirada unidimensional del tema.

Porque apartar un producto de su utilización en las prácticas comunes de un sector económico dedicado a zanjar grandes ganancias a partir de la tierra, lejos se halla de una victoria. La pérdida de hábitat de las abejas se inserta en una matriz compleja del modelo económico que se despliega globalmente, y con gran espectacularidad, en nuestra región. Es evidente que una prohibición en el uso no evitará que otros componentes amenazantes de nuestro entorno tomen su lugar. Un estudio señala que es la interacción de múltiples pesticidas los que afectan a la salud de las abejas. Más allá de los neonicotinoides, la salud de las polinizadoras está íntimamente ligada a la capacidad de la sociedad para gestar nuevas alternativas en materia sanitaria de la flora, y circuitos de producción que consideren también estos problemas -más allá de la imagen de una abeja enferma-, en toda su seriedad e implicancias. Este modelo provoca a la vez una silenciosa expulsión rural, una declinación en el número de apicultores tradicionales y de aquellos que no pueden hacer frente a los costos.

Ciencia local y mercados solidarios

Quizás en línea con lo que todavía estamos intentando entender como parte o no de una nueva moda del ambientalismo verde o tecnócrata, que se repliega en las ciudades como fuente de toda nueva salvación planetaria, alentadas como espacios de batalla contra el cambio climático, nuevas iniciativas intentan avanzar en la comprensión del fenómeno a partir de soluciones alternativas, que toman los aportes de ciudadanos en la conservación de las abejas.

En diferentes ciudades de Estados Unidos e Inglaterra, por ejemplo, se han iniciado proyectos que articulan conocimiento local con institutos de investigación, donde se propone recolectar información sobre los polinizadores de la ciudad, para entender cuáles especies de “solitary bees” (aquellas que no son sociales y no se desarrollan en comunidades, por ejemplo, abejorros; no todas las especies de abejas producen miel o tienen reinas) se encuentran en la ciudad y descifrar qué precisan para sobrevivir en dichos ambientes. La fundamentación de estos proyectos se inserta en esa línea mencionada, donde ya se asume lo urbano como un destino inexorable y por ende, que debe hacerse “habitable” por polinizadores, y tornarse “bee-friendly”. Una forma de que las personas incorporen ese destino es la participación en censos o conteos eventuales del número de abejas que van encontrando en determinadas épocas, en los jardines, baldíos, bordes de líneas de ferrocarriles.

Tenemos todavía margen para reclamar y anclar este pedido de control de las fumigaciones en parte de un modelo complejo de tecnificación y financiarización del agro, para sostener las funciones polinizadoras de estas especies. La muerte en Córdoba de 72 millones de abejas melíferas “de un saque”, no producen aún un efecto de regulación; ni con el número en términos monetarios que sus “servicios” prestan (se calcula 153,000,000,000€ en el mundo el valor de la polinización para la agricultura) parecen mover el pelo de las autoridades.

En un capítulo de su tercera temporada, “Hated in the Nation”, la serie estadounidense Black Mirror muestra un futuro distópico de abejas mecánicas comandadas desde un edificio central, ejércitos de pequeños robots diseñados para restablecer el equilibrio ecológico perdido frente a la desaparición de estos animales. Aparte de nuevos ensayos en esa dirección por parte del institutos de investigación –efectivamente de pequeñas estructuras articulables y chipeadas para lograr las funciones de polinización- hay que apoyar otros proyectos que no intentan solo “esquivar” lo inevitable, sino disputar el sentido profundo de la problemática: aquellos relacionados con la agroecología, el comercio justo y cooperativo y del consumo responsable.

NOTAS

  1. “Varroa destructor o Varroa jacobsoni fue descubierto por Jacobson, pero el primer reporte del parásito lo dio un científico de apellido Oudemans. Varroa jacobsoni es un parásito natural de Apis cerana una abeja asiática que convive sin problemas con el ácaro pero debido a la transhumancia varroa pasó a Apis mellifera aproximadamente en la década de (1940 1950), en principio en países de clima templado como Alemania , Francia e Italia entre otros, donde hizo estragos en las colmenas matando gran cantidad de ellas . Desde entonces varroa es considerada una enfermedad parasitaria grave de Apis mellifera no solo por el efecto directo que produce debilitando a las colmenas sino también por bajar las defensas de las abejas que quedan expuestas a contraer otras enfermedades micóticas, bacterianas y virales. En 1971, apicultores de Paraguay importaron abejas desde Japón, introduciendo el parásito en América del Sur. En Argentina se detectó por primera vez en 1976 en colmenas de Laguna Blanca en la provincia de Formosa, aunque se cree que el ácaro había ingresado al país unos años antes (Apinet)”