La naturaleza como stock, medible y cuantificable.  Algunas reflexiones sobre la pérdida de biodiversidad y los delicados métodos de valoración económica que ponen al mundo natural al servicio del mercado.

Mientras asistimos a una época caracterizada por la gran pérdida de biodiversidad del planeta a raíz de la modificación extrema de los ecosistemas remanentes del mundo y a cambios, probablemente irreversibles, del clima mundial, el mercado capitalista insiste en seguir por el mismo camino suicida de explotación de la tierra para arrancar de sus entrañas la energía que necesita para seguir produciendo sin cesar. Paralelamente se consolidan algunos discursos y prácticas que intentan legitimar y sostener este camino que arrasa con la Naturaleza en todas partes. Ellos se centran en declarar la destrucción de vastos territorios como un efecto inevitable del desarrollo económico, que nunca es cuestionado. Además, para lograr que los pueblos acepten este destino que los impacta directamente, se plantean medidas monetarias para compensar la pérdida de un territorio a cambio de invertir dinero en otro. Así, algunas prácticas y saberes en relación a la Naturaleza, como la conservación de biodiversidad o el ecoturismo, son potencialmente integrados al modelo de negocios capitalista donde lo que prima no es la intención de proteger la vida y la Naturaleza, sino generar lucrativos negocios bajo el discurso de la “ecología” o el “desarrollo sostenible”.

La valoración económica de la Naturaleza

Dentro de la lógica totalitaria de la economía neoliberal global de mercado, en Latinoamérica asistimos a una etapa de expansión de capitales que es atraída hacia la explotación de la tierra a gran escala. La economía “extractivista” implicó nuevos desafíos para los gestores estatales, técnicos e investigadores científicos y las comunidades y pueblos que habitan la región.

La expansión de las actividades de la economía extractiva industrial y su impacto sobre los territorios generan fuertes afectaciones en las comunidades, que a veces se nuclean en asociaciones comunales y organizaciones para informarse y unirse con el fin de resistir y evitar el establecimiento de empresas y proyectos extractivos y para luchar por la generación de políticas públicas que los protejan o reclamar al Estado el cumplimiento efectivo de sus derechos.

Estos conflictos pusieron de manifiesto la necesidad del Estado de garantizar las condiciones necesarias para que las corporaciones pudieran establecerse en los territorios y atraer inversiones extranjeras a los países periféricos. Pero para lograrlo, es necesario contar con la aprobación social de las comunidades que serán afectadas, por ende las corporaciones se ven obligadas (entre otras cosas) a generar planes de mitigación o reparaciones ambientales confeccionados por las propias empresas, como requisito necesario para operar en el lugar. Estos planes detallan los daños que su operación causará en el territorio y cómo estos serán reparados una vez que termine el proyecto o mientras dure el mismo.

Este documento que las empresas necesitan para operar extrayendo bienes naturales en grandes cantidades de un territorio es la “evaluación de impacto ambiental” (EIA). Para confeccionarlos es necesario que técnicos y científicos conozcan a fondo el ecosistema que se verá afectado y para ello se han promovido medidas e indicadores, usualmente numéricos (Gudynas, 1999). Sin embargo, el gran problema de esta metodología radica en que el territorio y los ecosistemas no están conformados por entidades separadas y medibles, sino por todas y cada una de esas entidades más las relaciones entre todas ellas y entre diversos ecosistemas y regiones, y en las EIA este complejo entramado es reducido a números, índices, equivalencias intercambiables, precios de commodities y recursos a ser transformados para adherirse a la “inevitable dictadura del crecimiento y la economía de mercado” (Sullivan, 2013).

Como parte del discurso hegemónico del sistema capitalista, este método de evaluación de impactos ambientales construye la idea de que la Naturaleza es medible y su alteración podría ser compensada por medios monetarios,  ya que el crecimiento económico es el destino único y necesario para todos los territorios, implicando que todo lo viviente está expuesto a ser sacrificado en pos de ese devenir. Según Sullivan (2013), el sistema requiere de una subjetivación del daño al territorio y a la vida que lo conforma como algo inevitable en ese camino que los países pobres deben seguir para abandonar su condición de miseria.

El “capital natural” del Banco Mundial

Otra de las formas más utilizadas para mercantilizar a la Naturaleza es considerarla como “capital”. Por medio de este lenguaje los organismos internacionales de comercio establecen rankings mundiales de riqueza global, según índices que ellos mismos crean y donde se impone la idea de que los países los pobres cuentan con una mayor riqueza “natural” (o sea recursos naturales) para ser explotados por el mercado global y de esa forma atraer inversiones, dinero, e ir escalando los rankings mundiales para, en teoría, abandonar su condición de pobreza.

Un ejemplo de esta tendencia se encuentra en el informe del Banco Mundial titulado “The changing wealth of Nations” (Lange et al, 2018). Este informe pretende ampliar los índices para medir la riqueza de cada país, incorporando otros aspectos además del PBI o “producto bruto interno”. Estos índices son el capital producido y tierra urbana; incluyendo aquí maquinaria, edificaciones, equipamientos y tierras residenciales y no residenciales estimadas a precio de mercado, Las inversiones extranjeras directas, el “capital humano”, o sea las habilidades, experiencia y esfuerzo de trabajo de la población, desagregado por género y estado de empleo y el “capital natural”, un concepto que incluye los recursos de energía (petróleo, gas y carbón), los minerales, las tierras para la agricultura, los bosques y las áreas terrestres protegidas, sin incluir las áreas marinas. (Lange et al, 2018)

Según el Banco Mundial, el capital natural “es el activo más importante para los países de bajos ingresos”, y dado que su entendimiento del mundo es puramente económico y consideran a la Naturaleza simplemente como recursos posibles de ser introducidos dentro de la lógica del mercado, insisten en que “el desarrollo significa un uso más eficiente del capital natural (y su manejo sustentable en caso de ser capital natural renovable), atrayendo otras inversiones para incrementar la productividad, junto con instituciones fuertes y políticas públicas que atraen a las inversiones extranjeras.” (Lange et al, 2018:48)

Poniendo precio a la pérdida de biodiversidad

Ahora bien, como la Naturaleza no es algo equivalente a la suma de todas las unidades que la conforman, las Evaluaciones de Impacto Ambiental deben necesariamente construir mediciones ficticias y arbitrarias para poder calcular impactos y mitigaciones, y para ello es requisito construir una Naturaleza reducida a elementos cuantificables, rompiendo así su existencia real, que es relacional.

En este sentido, como explica Gudynas (1999), el término “biodiversidad” de más reciente adopción y que reemplazó en gran medida los anteriores conceptos de “ecosistema” o “naturaleza”, ha llevado a complejizar y complicar todavía más los procedimientos de cuantificación. Como veremos, la medición de la biodiversidad se ha convertido en un indicador de valor monetario. “Pero la biodiversidad en sí misma no es una única variable de un ecosistema, sino que es un concepto que engloba al menos tres dimensiones: el conjunto de especies de animales, plantas y microorganismos, la variabilidad genética de las poblaciones de cada una de esas especies, y los sistemas ecológicos incorporando así tanto los elementos no vivos como los procesos ecológicos. (Gudynas, 1999)

En esta línea, existen algunas tendencias que el mercado adopta para poner un valor a la Naturaleza, poniendo precio a sus elementos con el fin de abrirle paso a las actividades económicas. Uno de los métodos utilizados para cuantificar en términos de mercado la afectación de la Naturaleza es el conocido como “valor ecosistémico”, este consiste en medir el valor económico de los beneficios que cierto ecosistema ofrece a la población que habita ese territorio y compararlo con el costo de perder ese mismo beneficio, o lo que costaría tener que reemplazar esa función que el ecosistema realiza con alguna obra o tecnología que pudiera suplirlo.

“En este caso la medida de la Naturaleza pasa a ser su valor económico, y el precio ofrecería un indicador adecuado. Por ejemplo, el valor de un ecosistema de arroyo se iguala con el costo que requeriría construir plantas de depuración de efluentes para limpiarlo; o el valor de un ecosistema de bosque estaría dado por el precio que se paga por la madera que se obtiene de los Árboles” (Gudynas, 1999).

Otro método consiste en la “compensación” por pérdida de biodiversidad debido a la afectación del ecosistema. Dentro de este método es que funcionan esquemas como los “bonos de carbón”, un complejo entramado de compra de “excesos de emisión de gases invernadero”, que nació luego de Kyoto y que funciona de manera que si un país excede su “límite” de emisión de gases, puede compensar ese exceso comprando “bonos” a otro que emitió por debajo de los límites. Por supuesto, no faltó mucho para que este método se utilizara para fines bastante menos loables.

Otra forma de “compensar” la destrucción de ecosistemas consiste en “trocarlos” por otro. En pocas palabras, una vez decidido que una porción de Naturaleza deberá ser eliminada para dar lugar a un desarrollo económico, se compensa esa pérdida con una inversión monetaria para conservar algún otro lugar, en otro lado, que es juzgado valioso para ser conservado. Este es un esquema de compensación bajo control de compañías, instituciones financieras, gobiernos y ONG, que funciona dentro  del marco regulatorio que establece principios y estándares de compensación para la biodiversidad del Programa de Negocios y Compensaciones para la Biodiversidad (BBOP) del grupo pro-mercado Forest Trends (Sullivan, 2013).

La conservación de biodiversidad convertida en un jugoso negocio

Siguiendo Sullivan (2013) debemos entender el riesgo que se corre al incorporar el daño medioambiental dentro de la actividad de desarrollo económico como un hecho inevitable y que puede ser externalizado a través de métodos de compensación económica. Esta  es una estrategia que tiene el potencial de transformar la práctica de conservación de biodiversidad en una empresa muy rentable.

“Esto permite que el daño medioambiental aparentemente inevitable del desarrollo sea intercambiado por inversiones en actividades de conservación en diversos lugares y a futuro. Las compensaciones también pueden ser comercializadas en mercados ad hoc de indicadores de conservación medioambiental. Dado el discurso de la economía verde que dice que la conservación puede generar ganancias si está guiada por mecanismos de libre mercado, y la fuerte interrelación entre las esferas ecológica y económica, las compensaciones se están volviendo fundamentales para los intereses privados en conservación de la biodiversidad.” (Sullivan, 2013)

Anclados en la idea de que el único camino posible para generar bienestar social es el desarrollo económico, la conservación actuaría así como una aliada para incentivar el  desarrollo de las zonas marginales, promoviendo el ecoturismo como una salvación. Según la autora antes mencionada, “el mercado de la naturaleza abre vías al crecimiento económico. Es más, es un mercado rentable, saludable y goza de distinción merecida”.

La Naturaleza es inconmensurable

Según Gudynas (1999) la pluralidad de valores frente a la Naturaleza hacen de ella algo inconmensurable. Ninguna medida puede dar cuenta de la esencia y diversidad de la Naturaleza. Las valoraciones de ella son siempre plurales, comprenden multiplicidad de elementos, algunos que pueden ser medibles y otros no, y aún en caso de serlo las medidas que son utilizadas para ello son muy variables y su valor resultante no es unívoco. El autor señala además, que en tanto las mediciones siempre son parciales estas no pueden ser extrapoladas a otros elementos del conjunto.

“No existen medidas neutrales, ni hay evaluaciones objetivas que permitan tomar decisiones asépticas. Por lo tanto las evaluaciones basadas en medidas ecológicas, o los análisis costo-beneficio basados en el precio, son sólo uno de varios argumentos posibles en una discusión” (Gudynas, 1999)

La Naturaleza y la biodiversidad que la componen no son iguales a la sumatoria de sus elementos, muchos de los cuales aún desconocemos, es un gran entramado de relaciones que implican a todo el planeta y a la vida que este sostiene. Es recomendable mantener una postura alerta y capaz de realizar una lectura crítica ante la proliferación de discursos que sostienen la necesidad de sacrificar territorios y vidas en pos de un supuesto desarrollo, que además, nunca es equitativo. Ninguna vida puede ser compensada comprando otra en algún otro lugar.

Referencias

Cabral N y Luna N. (2017) “Bonos de carbono: el millonario esquema off-shore en la Amazonía peruana” En La República 6/11/2017 Disponible en: http://larepublica.pe/politica/1141513-bonos-de-carbono-el-millonario-esquema-offshore-en-la-amazonia-peruana

Gudynas E. (1999) “Los límites de la mensurabilidad de la Naturaleza”. Ambiente & Sociedade 2 Unicamp Brasil : 65-79

Kanenguiser M.  (2018) “Naturaleza y valor económico. Qué países tienen más recursos” La Nación edición online. Disponible en https://www.lanacion.com.ar/2110060-naturaleza-y-valor-economico-que-paises-tienen-mas-recursos

Lange G-M, Wodon Q y Carey K (eds) (2018) “The changing wealth of nations 2018. Building a sustainable future” World Bank Group.

Sullivan S. (2013) “After the green rush? Biodiversity offsets, uranium power and the calculus of casualties in greening growth”. Human geography 6: 80-101